Una realidad conmovedora. Homeless

Acabo de leer esta historia de una chica llamada Alejandra Ailin, escrita el 11 de febrero del 2014, la cual no me ha dejado nada indiferente. Creo que al tener conocimiento de dicho suceso debo compartirlo para que reflexionemos y veamos más allá de lo que nuestros ojos puedan percibir. Este hecho no sólo pasa en este escrito, desgraciadamente a cada hora, a cada minuto, a cada segundo de nuestras vidas… Compartirlo ayudará más que no hacer nada, todo cuenta, hasta lo más mínimo.

Aquí os lo dejo, no diré nada más:

Estación de Quilmes

Estación de Quilmes

“Hace dos días que no puedo sacarme esta escena de la cabeza…Siempre viajo de Quilmes a La plata en tren y como es de público conocimiento la estación está llena de perros en distintos estados de abandono. Por lo general, antes de que yo me acerque a ellos son ellos los que se acercan a mi a olisquearme, a lamerme o a que los rasque (en verdad siempre accedo encantada :D) Entonces saco mi boleto y me voy para el andén caminando despacito. En un asiento una “madre” (estén atentos a mis comillas por favor) con un nenito de no más de seis años al lado le atinaba una patada a una cachorra orejona que se encontraba sentada esperando las sobras frente a su hijo que comía un sandwich. No le acertó, pero la asustó y junto a otro perrito se quedó acechando la comida, relamiéndose. La “señora” en un grito: “AY SALI PERRO DE MIERDA”. La miré con cara de orto, conteniéndome de no darle una patada voladora en la cabeza y me fui a sentar lo más lejos posible.
En el banco de al lado había una señora muy emperifollada leyendo el diario “HOY”. De abajo de su banco aparece un perro viejito, lleno de abrojos, cicatrices y llagas. No va que se le acerca y le apoya el hocico en una pierna buscando cariño. La vieja le pega con el diario en la cabeza y me mira como esperando mi aprobación moral, diciéndome “POR DIOS, QUE ASCO”. Todos saben que no puedo estar callada mucho tiempo y menos ante algo así, de modo tal que mi respuesta no se hizo esperar “DIOS LAS BOLAS! USTED DA ASCO SEÑORA, NO ESTE PERRO! Y NO SE LE OCURRA DECIR MÁS NADA PORQUE LE DOY UN DIARIAZO EN LA CABEZA”. Puso cara de indignación y asombro pero aparentemente mi comentario dejó las cosas claras y se limitó a ignorarme. En fin, vuelvo a mudarme de banco, lo más alejado posible de los humanos. Se me acercan los tres perritos que andaban persiguiéndose las colas, entre ellos el viejito. Se acerca con miedo, lo noto… pero le hablo con voz dulce, dejo que me olfatee, y al minuto estaba con medio cuerpo sobre mis piernas disfrutando las caricias y piropos. Se suman los otros dos y quedo llena de pelos, abrojos y olor a perro, que no me molesta porque es el olor más lindo del mundo. Estábamos dándonos cariño cuando llega caminando un señor que aparentaba vivir en la calle… los tres van corriendo a moverle las colas con una alegría! El señor se sienta en el banco de la señora emperifollada quien lo mira con asco (así como anteriormente miró al perro antes de pegarle con el diario) se levantó y se fue. Creo que el señor acostumbrado a esas cosas no se inmutó y siguió acariciando a los perros como si no lo hubiera advertido. En eso se abre la puerta de la oficina del personal de ferrocarril roca y sale un hombre con uniforme y lo saluda. Se quedan hablando un rato, el señor decía que se le mojó todo y le contaba donde durmió. El empleado del roca le pregunta -tenés hambre? y él responde con la cabeza gacha y en un susurro (casi como avergonzado) -Sí.
El tipo entra a las oficinas y le trae una bandeja con Sandwiches de miga sin abrir (NO ERAN SOBRAS) era una bandeja de telgopor envuelta con papel y una bolsita. Él le agradece y se pone a comer. Los perros se alejan y se sientan mirándolo expectantes. Apurado abre la bolsita, toma un perdazo con las manos y antes de llevárselo a la boca se encuentra con la mirada de los perros flacos, sucios y olvidados, sentados frente a él. Mira el pedazo de sandwich le da un beso y se lo tira, primero al viejito, después a la orejona y al de abajo del banco, que se había echado a dormir. Siguió comiendo un pedazo él y otro los perros y besando los trozos hasta que no hubo más. En esa foto faltaban cuatro minutos para que llegara mi tren para volver a La Plata, y lloré hasta que subí y todo el camino. Lamenté no tener comida ni dinero para darle a ese señor, lamenté que viviera en la calle con frío, lamenté todo el desprecio e indiferencia que él y los perros callejeros son merecedores por parte de personas despiadadas, lamenté a ese nene de seis años que a su corta edad aprendía de su propia madre que a un ser abandonado y con hambre se le propina una patada, lamenté a la señora limpia y bien vestida, que con sus años no puede entender que significa buscar una caricia cuando te sentís solo, lamenté que no lograra comprender que el señor huele así porque vive en la calle, porque ayer se inundó mientras ella dormía, seguramente, entre sábanas de 200 hilos de algodón y lamenté que no pueda hacer más que lamentarme, porque no sé si el estado ayuda a este hombre…. pero la sociedad que somos nosotros… que pudieramos mínimamente no ignorarlo, no despreciarlo, no condenarlo, no hacerle sentir vergüenza cuando le preguntan si tiene hambre… porque señor… usted no es quién tiene que tener vergüenza, somos nosotros.
Y después alguien contando esto alguien me dice que yo prefiero a los animales antes que a las personas, pero mejor que a mi, si van por la estación de Quilmes, pregúntenle a ese señor que prefiere…

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